El fútbol es hermoso por donde se lo mire. Sin dudas, una de las disciplinas deportivas más apasionantes del mundo.

Y de tanto en tanto, este deporte arroja datos pintorescos que nos ayudan a entender situaciones y costumbres de nuestra gente.

En pocos meses, se cumplen 50 años de un hecho casi increíble y pintoresco por donde se lo mire: La historia del árbitro tuvo que dirigir un partido de fútbol a caballo. Si, a caballo y con una fusta en la mano. Sucedió en la zona rural de El Ramblón, Departamento Paraná. A unos diez kilómetros de Viale.

El protagonista de semejante historia fue Mateo Bruno, un hombre que antes de ser adulto ya presentaba claras evidencias que sería un tipo distinto. Y así fue. Desde muy joven  participó de las luchas agrarias  y tomó intervención en distintos reclamos agropecuarios. Su objetivo no era defender a los dueños de las grandes extensiones de tierra: Su meta era mostrar las desigualdades que vivían los pequeños productores rurales y trabajadores del campo.

Mateo tenía dos grandes pasiones: el fútbol y la política. La pelota era su musa inspiradora. Durante años, fue jugador primero, y Técnico más tarde de su querido club de campo «Sacachispas», ubicado en el Distrito Quebracho.

También se hizo hincha fanático del Club Atlético Arsenal de Viale, donde fue Director Técnico durante algunas campañas. Lo mismo ocurriría tiempo después con el Club Tabossi, que por entonces se llamaba «Los Chacareros».

Carácter implacable

Mateo Carlos Norberto Bruno nació el 8 de junio de 1939. Hijo de Carlos Bruno y Haydeé Brasseur, se casó con Carmen Solaro en 1965, con quien tuvo cuatro hijos.

Desde muy pequeño se dedicó al trabajo rural.

En varias oportunidades, ofició de árbitro en los campeonatos de campo que se realizaban en la zona. Era conocido por su carácter implacable a la hora de realizar dicha  tarea.

Según contaron a NuevaZona algunos testigos de aquellos partidos, en un torneo que se disputaba en la Escuela N° 64 de El Ramblón, los equipos a enfrentarse eran tan temerarios, que no había quien se animase a oficiar de árbitro.

Por ello, alguien sin dudarlo demasiado,  convocó a Mateo Bruno. El hombre aceptó, pero con una única condición: Para dirigir ese partido, lo haría montado en su caballo y con una fusta en la mano…

Ante el desconcierto de los organizadores, había que tomar una decisión. El partido ya estaba retrasado y como la tarde comenzaba a dar paso al anochecer, había que decidirse. Así, ante las caras de sorpresa de más de uno y el asombro de los propios jugadores, al cabo de unos minutos el árbitro ingresó a la cancha, ¡con fusta y a caballo!

El partido, que en la previa muchos imaginaron de gran tensión y hasta con posibilidad de una batalla campal, se desarrolló en absoluta normalidad.

No había lugar a dudas: Los fanáticos que estaban afuera de la cancha pero -sobre todo-, los jugadores adentro del campo de juego, entendieron el mensaje clarito de ese hombre llamado Mateo: El partido debía jugarse como fuera. Por más que quien impartiera justicia, tuviese que hacerlo montado a caballo y con rebenque…

Fabricio Bovier / NuevaZona