No cuentan con el mejor equipamiento ni poseen la tecnología de avanzada que tienen otros lugares. No.

Tampoco reúnen costosos aparatos médicos. No.

Sin embargo, poseen una característica que los diferencia y los hace únicos: Su fuerza, su espíritu y las  ganas de estar con el prójimo en el momento indicado. Y no en cualquier momento, sino cuando uno más lo necesita.

Allí están esos astronautas encapuchados. Seres a los hay que mirar dos, tres y varias veces más hasta caer en la cuenta que detrás de esos barbijos, máscaras, guantes, camisolín, y no sé cuánta cosa más, hay una persona. Sí, detrás de todo eso, hay un ser de carne y hueso.

Uno podrá decir que hacen lo que tienen que hacer, que esa es su función y no sé cuánta perorata  más. Y sí, esa es una parte de la verdad. Pero sola una parte, pues la moneda tiene dos caras.

La otra parte, la que interesa aquí, es la que menos se ve pero se siente. Como el aire y el sol, que no siempre vemos.

Y no hablamos de una persona en particular, sino de muchos. Realmente, muchos: Médicos, enfermeros, personal de limpieza, Bioquímicos, administrativos, cocineros, Radiólogos, Kinesiólogos, Odontólogos, Nutricionista, Psicólogas, Psicopedagoga, Obstetra, Psiquiatra, Trabajadora social, personal de laboratorio, choferes, mantenimiento, personal de farmacia y la lista sigue…

Gente que labura en el Hospital, en el Centro de Salud y en la Clínica. Gente que podría tan sólo cumplir su horario, marcar tarjeta y a otra cosa mariposa. Y no. Prefieren ser distintos. Prefieren estar.

Son seres anónimos, ocultos detrás de una máscara, barbijo y no sé cuánta cosa más. Seres que pese a su anonimato, un día se pusieron (se cargaron) una pandemia al hombro. Incluso, muchos de ellos ya se contagiaron, se recuperaron y hoy volvieron al ruedo. Otra vez.  No lo dudaron, y volvieron a estar. Como el sol y el aire, que no siempre vemos. Pero sabemos que están.

(Fabricio Bovier)