Nos controló la policía, pero no alcanzó. Luego se sumaron los inspectores, funcionarios públicos y tampoco hubo caso. Se pusieron leyes, reglamentaciones y protocolos por doquier. Hubo ordenanzas aquí, allá y en el pueblo vecino también. Y nada.

Más tarde la gente pidió afinar los controles. Al parecer, no  alcanzaba la policía, ni los inspectores ni los funcionarios públicos. Todo era poco, absolutamente todo.

Entonces pidieron (pedimos) más endurecimiento de leyes, nuevas ordenanzas prohibitivas, que salga la sirena de los bomberos y no sé cuántos más protocolos. Tampoco alcanzó.

Que si medían la fiebre en los accesos, que si no medían. Que si pedían papeles, certificados o si sólo miraban la cara al conductor. Que si había dos inspectores en los controles, uno, o 34. Que si estaban a la noche, o sólo durante la luz del día. Que si dejaban pasar a uno, a pocos o a todos. No alcanzó. Todo resultó escaso.

Se acusó que la llegada del virus era producto de un concurrido evento; que entró por el transporte; por un aterrizaje alienígena, o que se coló por la ventana. Cuando acordamos, lo teníamos aquí, vivito y coleando. Cuando menos pensamos, el COVID ya estaba con nosotros.

Y entonces  no alcanzaron (ni alcanzarán) 45 policías, 21 inspectores o 4.700 agentes públicos para controlar. Porque quizás la responsabilidad no esté ni en la policía, ni en los bomberos, ni en la Guardia Urbana.

Quizás sea la hora de comenzar a mirar para otro lado, aunque no tan lejos. Tal vez  sea el momento de mirarnos a nosotros mismos. De una vez por todas.

(Fabricio Bovier)